Saltear al contenido principal
icon-redes icon-esp icon-eng

La mujer-hombre

El artículo “Una mujer hombre” del periódico La Ilustración Sud Americana de Ricardo Palma cuenta la historia de la monja María Leocadia (1803) quien huye del monasterio de Villa Agreda, España a Lima disfrazada de hombre y se hace llamar Antonio Ita. Por buscar aventuras, Ita corteja a Martina Bilbao; el escándalo que provoca dicho cortejo termina por recluir a Bilbao en un convento. Ita se ofrece a remediar su desventura proponiéndole matrimonio para liberarla del claustro. No sin antes revelarle a Martina su género femenino; a pesar de este inconveniente, la reclusa acepta gustosa el ofrecimiento con tal de recobrar su libertad. El falso matrimonio dura cinco años, al fin de los cuales, Bilbao se casa con un hombre. Martina revela a las autoridades que Ita es una mujer disfrazada de hombre. Ante la presión de las autoridades, María Leocadia tuvo que declarar su condición de monja huida que buscaba alimentar su espíritu aventurero. La sentencia judicial contra Leocadia fue ser restituida a su convento de España. Sin embargo, la ingrata Martina tuvo un trágico fin al ser asesinada por su marido de una paliza a los pocos meses de su enlace nupcial. Se establece un vínculo entre María Leocadia y la historia de Catalina de Erauso “La monja alférez” que data de la época colonial, ya que ambas mudan las faldas por el traje y costumbres varoniles tras una breve estancia en la reclusión del convento; ambas logran burlar la hegemonía patriarcal que restringe a la mujer a la esfera del hogar o del claustro para transgredir espacios geográficos y laborales designados exclusivamente al dominio patriarcal, usando la artimaña del disfraz varonil. Asimismo, se identificarán a 3 mujeres-hombres que participaron en acontecimientos históricos verídicos del siglo XIX en Latinoamérica o que aparecieron como personajes en el corpus literario de esta misma época. El vestido de campo El vestido de campo le permite a la mujer decimonónica abandonar temporalmente el espacio hogareño; sin embargo, su uso tiene varias restricciones, como delimitar su espacio de movilidad a los linderos locales y sólo en compañía de su marido.   Entre las primeras mujeres que usaron el traje varonil, se encuentra Francisca Zubiaga de Gamarra, quien participó en el devenir político de su país. Su trayectoria militar cautivó el interés y admiración de la famosa escritora Clorinda Matto de Turner quien utilizó su pluma para componer un estudio biográfico de sus proezas y personalidad (Arambel-Guiñazú y Martin).  Se menciona, además, que Turner destaca la expansiva inteligencia de Gamarra, así como su carácter valeroso, su marcado acento limeño y su inclinación por pertenecer a aquellas de las que quieren hacerse varón (67). Su destacado historial militar comienza con su unión nupcial con el coronel de la independencia, Agustín de Gamarra. Esta figura independentista encabeza un batallón en el enfrentamiento del Alto Perú en 1828. Sin embargo, fue el disfraz de varón el que atenuó el escándalo de tener a una mujer al mando. Valiéndose de dicho encubrimiento, contribuye a la capitulación del ejército boliviano, y da fin a un motín dentro de un cuartel sublevado. Su imagen de heroína comienza a forjarse a partir de dos hazañas militares: la primera fue el sometimiento del general La Fuente que se había mostrado hostil a su marido y la segunda, dirigiendo tropas nuevamente, pero ahora en contra del comandante Orbegoso, entrando triunfante en la capital en 1834 sin encontrar resistencia. La astucia de Zubiaga de Gamarra era tal, que al ver en peligro y al ser atacada su casa, se viste de clérigo y luego de varón para embarcarse a Valparaíso buscando resguardo. El disfraz de varón le permite transgredir espacios prohibidos para la mujer como el cuartel militar y el terreno de batalla y poder viajar libremente por cuenta propia.   Una segunda mujer-hombre destacada, pero ahora en la literatura decimonónica, es el personaje de Carmen Montelar en el cuento “El ángel caído” de la escritora argentina Juana Manuela Gorriti. Tanto Montelar en un escenario ficticio como Gorriti en la vida, se sirven del disfraz masculino para viajar a Lima. Gorriti lo utiliza para facilitar su huida de Bolivia después que su esposo, Belzú, fue nombrado presidente. Ésta escapa de un matrimonio opresivo para alcanzar su autonomía a través de su carrera de escritora de ficción y periodismo (Denegri 349). En este cuento, Montelar se disfraza de varón para abordar la embarcación Leonidas junto al batallón Arauro (al que pertenecía su hermano Gabriel). Carmen esconde su bello rostro bajo un sombrero caído que le cubría sus negros ojos limeños. El propósito para mudar su apariencia surge por el deseo de seguir a su amado Felipe Salgar que había sido trasladado a una prisión en Lima después de ser acusado de conspiración. Montelar se hizo pasar por alférez y soportó por dos semanas las borracheras de la tropa a bordo; al llegar a su destino, desertó para ir en busca de su amado. El propósito de recurrir al disfraz masculino es esencialmente el mismo que en el caso de Gamarra y Montelar – para transgredir zonas laborales exclusivamente patriarcales y poder movilizarse territorialmente en una sociedad en la cual no se le permitía viajar sola a la mujer. Gorriti utiliza el recurso de mudar de sexo sólo para viajar.     La última, pero no por esto la menos importante del trío de mujeres-hombres destacadas del siglo XIX, tenemos el personaje histórico de Amelia Robles Ávila (1889-1984). Amelia fue una mujer del estado de Guerrero, México que combatió en las filas zapatistas y alcanzó el grado de coronel. Fue criada bajo una estricta educación hogareña y secular para realizar labores de acuerdo a su género (Cárdenas). Pero a su vez, se interesaba en aprender actividades varoniles como montar, enlazar caballos y a manejar armas en el rancho de su padre. La carrera militar de Ávila se inicia en 1913 con su incorporación en las filas zapatistas, en donde rápidamente comienza a dirigir tropas. Para poder ser partícipe en la lucha debía ser varón, y por tal motivo, oculta su cuerpo femenino bajo el ropaje masculino. Según Cárdenas, su ascenso de  rango militar se debe a dos proezas heroicas en la batalla: arrebatar el caballo al coronel Zenón Carreto en un combate en Mazatlán y asumir el cargo no otorgado de coronel a raíz de la muerte del general Marcial Cavazos en la batalla de Pozuelos (1924). La grandeza de Amelia Robles Ávila surge por sus peticiones antes de morir en 1984: que se le hicieran honores por sus méritos militares y que se le enterrara vestida de mujer para encomendar su alma a Dios (Ramírez). Tal parece que quería engañar a Dios al mudarse de nuevo a su apariencia original para así lograr la redención de su espíritu.     Amelia utiliza la vestidura varonil para los mismos propósitos que Zubiaga de Gamarra y el personaje literario de Carmen Montelar: transgredir un mundo masculino en el cual la mujer no tenía cabida, y poder desplazarse libremente de un lugar a otro.   Autores:

Alejandro Medina Fidelina González

  Obras citadas

Arambel-Guiñazú, María Cristina y Claire Emilie Martin. Las mujeres toman la palabra: escritura femenina del siglo XIX en Hispanoamérica. Madrid: Iberoamericana Vervuert, 2001 Impreso.

Denegri, Francesca. “Women “Pilgrims” in Nineteenth-Century Latin-American Travel

Literature.” The Modern Language Review 92.2 (1997): 348-362. Impreso.

Gorriti, Juana Manuela. Sueños y realidades. Buenos Aires: Imprenta Mayo de C.

Casavalle, 1865. Impreso.

Martínez Ramírez, Simón. Amelia Robles Ávila “El coronel de la revolución” Cultura colectiva

Noviembre 18 2013. (web) http://culturacolectiva.com/amelia-robles-avila-el-coronel-de-la-revolucion/12 de marzo 2016.

Palma, Ricardo. “Una mujer hombre.” La ilustración sud americana. p. 74. Impreso.

Trueba Cárdenas, Olga. “Amelia Robles y la revolución zapatista en guerrero”

Estudios sobre el zapatismo. Colección biblioteca del Instituto Nacional de Antropología  e Historia. Mexico, 2000. P. 303-319. (web)http://www.bibliotecas.tv/zapata/zapatistas/amelia_robles.html/ 10 de marzo 2016.

Volver arriba